¿Por qué funciona el mindfulness?

¿Por qué funciona el mindfulness?

A pesar del auge de las técnicas de mindfulness y de los efectos beneficiosos que se asocian a ella, los mecanismos psicológicos y neuropsicológicos a través de los cuales operan son en gran medida desconocidos aún. Shauna Shapiro y sus colaboradores han planteado una interesante propuesta en este sentido(3). Según estos investigadores, los tres componentes centrales en la práctica del mindfulness son la intención, la atención y la actitud. A primera vista, lo más saliente en esta forma de meditación es que se basa en la observación de la experiencia interna y externa, en el aquí y ahora, momento a momento, prestando atención al flujo de estímulos que atraviesan nuestra mente. Pero igualmente importante es el porqué –la intención– y el cómo –la actitud– con que se lleva a cabo esta práctica. La motivación para practicar mindfulness parece cambiar con la experiencia, yendo desde la autorregulación de los propios pensamientos y emociones inicialmente, pasando por la autoexploración personal, hasta la autoliberación y el desarrollo de la compasión, finalmente. En cuanto a la actitud con que se lleva a cabo, la meditación requiere la contemplación de pensamientos y emociones sin interpretarlos, juzgarlos o evaluarlos en modo alguno. Implica una mirada compasiva, curiosa y abierta hacia todo aquello que atraviesa nuestro campo de conciencia, sin interferir en ello, simplemente aceptándolo.

Como resultado, de alguna forma el bosque al que se asemeja nuestra vida subjetiva se hace visible, en su riqueza, complejidad y dinamismo. Los tres componentes del mindfulness favorecerían un cambio de perspectiva. La mente, al dejar de ser arrastrada por el flujo de pensamientos, emociones e impresiones, tomaría conciencia de sí misma gracias a un progresivo distanciamiento frente a dichos contenidos de la conciencia. Como dicen Shapiro et al., “lo primero que se reconoce en la meditación es que los fenómenos que se contemplan son distintos de la mente que los contempla(3). En definitiva, se logra experimentar que uno es más que sus estados de tristeza, ansiedad o dolor, o que sus pensamientos negativos, al des-identificarse y des-apegarse de ellos.

 

Shapiro y su equipo apuntan además cuatro mecanismos adicionales asociados a este cambio de perspectiva. En primer lugar, la práctica del mindfulness permitiría alcanzar un mayor grado de autorregulación. Al tomar distancia frente a los estados emocionales, éstos se convierten en una valiosa fuente de información a la hora de regular nuestra conducta y nuestro pensamiento, sin ser arrastrados por ellos. La mayor autoconciencia permitiría además una mayor flexibilidad en el pensamiento, la emoción y el comportamiento, una vez que se dejan atrás los patrones automáticos rígidos y estereotipados. Tomar conciencia de las posibilidades de actuación que se abren ante nosotros implica, por otra parte, una reflexión sobre los valores y significadosque son relevantes para la persona, emergiendo así un cierto compromiso ético hacia aquello que nos rodea. Finalmente, el mindfulness es en gran medida afín a las terapias de exposición o desensibilización, en las que la persona aprende a responder a pensamientos y emociones problemáticos de una forma desapasionada o, al menos, con una menor intensidad.

Stefan G. Hofmann y Gordon Asmundson, por su parte, han puesto el énfasis en el componente de aceptación de la experiencia implícito en la práctica del mindfulness(10). La bibliografía sobre regulación emocional ha señalado que las técnicas de evitación experiencial, como la supresión de pensamientos o emociones, o el escape de estímulos aversivos, tienden a ser contraproducentes, contribuyendo a mantener los estados subjetivos negativos que se tratan de evitar. El entrenamiento en mindfulness contrarrestaría el uso de tales estrategias, ya que trata de hacer que la persona sea plenamente consciente y acepte sin juzgar sus pensamientos y emociones, aunque éstos no sean agradables. En este sentido, tal y como habían señalado Shapiro et al., el mindfulness promueve la exposición a la experiencia, frente a la evitación de la misma.

Otros autores, como Desbordes et al., han planteado que los componentes activos del mindfulness pueden resumirse en un concepto: ecuanimidad (11). Éste se refiere a un estado mental de calma o una tendencia disposicional hacia todas las experiencias u objetos, independientemente de que su cualidad afectiva sea placentera, displacentera o neutra, e independientemente de la fuente de la que provengan. Tal estado de ecuanimidad conllevaría un comportamiento imparcial ante los contenidos de conciencia, que no serían reprimidos, negados, juzgados o temidos, sino simplemente aceptados tal y como se presentan.