Mindfulness. Como convertirse en pacificador urbano

Cómo convertirse en un pacificador urbano

La alegría, el optimismo y la práctica meditativa son factores clave.  Por *Martín Reynoso

Daniel Goldman inicia su famosísimo libro “La inteligencia emocional” con una historia en el prólogo. ¿La conocen?

Goldman relata la experiencia por la cual él decidió comenzar a estudiar lo que a posteriori bautizaría como Inteligencia Emocional, esto es, la habilidad de algunas personas de utilizar sus emociones de la manera más asertiva y eficaz en los contextos vitales.

Fue un día que subió a un colectivo en Nueva York. Apenas comenzó a pisar los escalones una sonrisa y una voz amable provenientes –extrañamente- del conductor, un afroamericano, lo sorprendieron.

-¿Cómo está usted? – le preguntó el chofer. Daniel estuvo a punto de darse vuelta para ver a quién se dirigía el hombre. Pero en un rapto de lucidez, captó que era hacia él.

Sorprendido, decidió quedarse cerca de aquel conductor. Se sentó para observar un gran espectáculo: este hombre no era en realidad un colectivero, sino un guía de turismo, dice Goldman. “De pronto, señalaba un teatro que estaba presentando una nueva obra acá, o un arreglo en la calle allá, describía con alegría lo que se le presentaba y también iba creando con sus risas un clima especial en el autobús”, agrega.

 

A veces saludaba también a quienes bajaban. Para el psicólogo y escritor, este hombre cumplía una gran misión que quizás ni siquiera él mismo conocía y no cobraba por ella: era un pacificador urbano. “Uno subía al autobús de una manera y bajaba de otra aún mejor”.

Nada menos que eso. Con la falta que hacen los pacificadores urbanos en el mundo de hoy.

Cerebros emocionalmente optimistas

Ya hemos hablado anteriormente del optimismo. Dijimos que quien lo experimenta siente que tiene cierto control y gestiona sus vivencias, confía en un “orden natural de las cosas” y en sus propias capacidades para disfrutar de aquello que le toca en suerte.

Para Goldman, un cerebro optimista, esperanzado, confiado y alegre irradia una energía que nos ayuda a creer en un mundo mejor. Cuando una persona se ve “rozada” por el perfume de alguien así, es probable que sienta algún impacto transformador.

Uno de los factores de la práctica meditativa según el Budismo es la alegría, y va en sintonía con el mindfulness, con una visión clara de las cosas sin el ruido intenso de nuestra parlanchina mente. Mientras más nos despojamos de prejuicios, distorsiones y expectativas, más disfrutamos y estamos en contacto con la realidad tal cual es. Eso es lo que practicamos diariamente en nuestros ejercicios, suspender la actividad mental y abrirnos a los sentidos.

Además de la alegría y el optimismo, la práctica meditativa introduce un factor clave: la calma, el sentido de hermandad, el altruismo.

Un estado de paz contagioso

Cuando el practicante va fortaleciendo su corteza prefrontal, esto es, desarrollando empatía, y también activa su ínsula, responsable de “sentir a los demás a través de las sensaciones que generan en nuestro cuerpo”, una sensación de paz y bienestar va haciéndose lugar en nosotros.

Inevitablemente, no podemos ser los mismos. Las habituales reacciones son reemplazadas por conductas más concientes, más asertivas y adecuadas al contexto. Además, una actitud de natural altruismo y compasión por el otro comienza a experimentarse.

 

Así, ya no estamos más expuestos al arbitrio de un mundo agresivo (por momentos) o desafiante, sino atentos con el corazón abierto para responder con atención plena, con un sentido de mancomunión y bondad para con los ciudadanos que se cruzan en nuestro camino. No importa la proximidad afectiva de los demás, para el meditador todos son seres humanos completos pero también vulnerables que comparten este inmenso espacio que nos tocó en suerte: la tierra.

El mindfulness urbano, entonces, florece: pacifica nuestros vínculos, aligera nuestras cargas y nos hace sentir en intimidad como el chofer hacía con sus pasajeros en el colectivo.